domingo, 15 de noviembre de 2009

La noche de la capillita

Esta había sido una tarde lluviosa.

Estoy sentado junto a mi ventana viendo caer el agua que se desliza por los cristales. Mi reflejo me acompaña mientras los últimos rayos de luz se van perdiendo dejando mi habitación a obscuras. Afuera la vida de mi pueblo transcurre sin cambios, el callejón donde vivo se va quedando solitario y pareciera que siempre ha estado mojado, sumido en la lluvia.

En el piso inferior de mi casa está toda la familia reunida. Yo preferí encerrarme en mi habitación... ¡qué tristes son los velorios! nunca he sabido comportarme en ellos. Duele mucho, aunque se tiene la oportunidad de saludar a parientes que uno no ha visto en mucho tiempo.

Apenas ayer a media noche regresaba a mi pueblo de la ciudad de México después de impartir clases y no había dolor ni tristeza en nuestras vidas; y sólo unas horas después estoy en un velorio: enfadado, dolido, triste, ¿quién lo diría? Es por eso que preferí estar a solas. Aunque pensándolo mejor, quizás sea preferible salir de la casa, respirar aire fresco y simplemente vagar por el pueblo para apartarme un poco y gozar de la soledad como quien bebe de un buen vino y alejarme un poco de los abrazos con los que los familiares nos hacen sentir tu pesar.

Así fue como quizás a las ocho de la noche me vi fuera, caminando por el pueblo en donde vivo. No me percaté de cómo salí de la casa, el aire frío es reconfortante. Ya no llueve y las calles empedradas están anegadas, debo de vadear los charcos mientras me interno en el corazón del pueblo, que se nota solo, deshabitado. Al dar vuelta en la esquina vi frente a mí la antigua iglesia a la todos le llaman “La capillita” y sin pensarlo dos veces me encamino hacia ella. Es quizás una de las iglesias más antiguas de mi pueblo.

Un camino de pétalos amarillos marca la entrada y conduce a su interior. Es la víspera de las celebraciones de todos los santos y en el interior se celebraba una misa de difuntos. Los pétalos en el piso y el copal, me conducen hipnóticamente al interior de la iglesia.

La iglesia está a medio iluminar y el piso se encuentra cubierto por una capa mullida de hojas de oyamel que desprenden un intenso y agradable olor. No hay bancas donde sentarse, es una iglesia muy humilde. En la esquina derecha hay una familia reunida: el padre, la madre y dos pequeños hincados y, frente a ellos, directamente en el piso, hay unas diez velas delgadas, de colores: ardiendo, chisporroteando. Y su luz apenas ilumina el rostro de todos ellos. La niña menor está dormida en los brazos de la madre, que se balancea rítmicamente mientras su esposo reza en un dialecto extraño que se mezcla con un discurso ininteligible que el sacerdote dice en lo que quizás es latín. Es una misa a la usanza antigua, con el sacerdote de espaldas a la feligresía, y nadie parece entender lo que él recita; por lo que todos rezan lo que quieren, a su ritmo, en grupos familiares ajenos a lo que pudiera estar diciendo aquel hombre.

Me quedé junto a la puerta para no hablar con nadie, en busca de paz y tranquilidad. Al fondo de la iglesia, junto al altar principal alcanzo a ver la imagen de San Francisco de Asís bien iluminado. Tiene a sus pies una veintena de veladoras de distintos tamaños y colores y un bracero con copal, del que emana más olor y un denso humo blanco. Ahí, a los pies de San Francisco, una señora está hincada rezándole a la imagen que, curiosamente, parece devolverle la mirada, devolverle calor y esperanza a sus rezos.

Junto a la imagen de San Francisco, a la derecha, se encuentra el altar de la Virgen de Guadalupe, también fuertemente iluminada por veladoras y velas de todos colores, envuelta constantemente por el humo denso de otros incensarios. Frente a la Virgen hay mucha gente rezando y me roba la atención aquella mujer de cabellera blanca, rizada. Me recuerda a mi tía Angélica, que no veo desde que era un niño de cinco años. Mientras yo la observo, ella se voltea, y por un momento nuestros ojos se encuentran pero casi al instante ella continúa con sus plegarias.

El monaguillo hace sonar una campana cuando el sacerdote se dispone a consagrar el pan y el vino. Mi mirada se posa ahora en la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y me llama la atención justamente el corazón en su pecho y sobre éste una vela encendida y se me ocurre que aparentemente el tema de la noche es la luz de las velas. Pero no, más bien el tema es la muerte. Siento una punzada de dolor y un gemido se escapa de mis labios mientras me dobla el llanto.

Unos momentos después el sacerdote está levantando el cáliz con el vino y su murmullo ininteligible flota por la atmósfera enrarecida; el monaguillo hace sonar una vez más las campañas en forma autómata.

Estoy hincado, rezando, y la gente se forma frente al altar para comulgar. No les hago caso y continúo meditando en no sé cuantas cosas, ensimismado y absorto en mis pensamientos. En eso, la misa llega a su fin y mi mirada se vuelve a cruzar con la de aquella mujer que me recuerda a mi tía Angélica y ahora parece sonreírme. No puede ser ella.

La gente de La capillita se aglomeraba un poco para salir. Yo me hago a un lado dejándoles el camino libre y posteriormente me uno también a la fila. En ese momento siento una mano sobre mi hombro. Al voltear veo a la mujer que me llamaba por mi nombre y me doy cuenta que efectivamente es mi tía Angélica, a la que siempre le tuve miedo. Un sobresalto me saca de mi ensimismamiento y me encuentro sentado en mi habitación, en casa, junto a mi ventana del segundo piso y me doy cuenta que sólo fue un mal sueño, una pesadilla.

En el piso inferior escucho a un grupo de mujeres repitiendo un sonsonete a media voz; son los rezos del rosario. Sacando fuerzas de la nada salgo de mi habitación y bajo las escaleras para encontrarme a un sinnúmero de familiares casi olvidados, en una atmósfera viciada. Haciendo acopio de fortaleza, camino hacia las sillas cercanas al féretro, tomo asiento para rezar y esperar a que el velorio termine. Afortunadamente, nadie impide mi avance y nadie me abraza ni me dirigen la palabra; me dejan caminar y así me permiten interiorizar mis pensamientos y racionalizar la pérdida.

Estoy ahí meditando cuando una tos nerviosa me saca de concentración, es mi tío Felipe que antes de hablar, cuando esta nervioso, tose. “Oye Miguel – le dice a mi hermano – Tus tías y la familia quieren despedirse como es debido. Permítenos abrir la tapa del ataúd y que podamos rezarle ahora que estamos aquí con él ¿no crees?” Mi hermano Miguel, nerviosamente, con una mano en el bolsillo, le contesta algo que no alcanzo a escuchar pero se marcha a buscar a otro de mis hermanos, quien aparentemente tiene la llave. Ante la perspectiva de que abran el féretro, me siento muy incómodo, molesto.

Cierro los ojos y repito junto a las mujeres el sonsonete del rosario, más que nada queriendo mantener mi mente ocupada para no pensar, para no sentir.

De pronto, sobre el murmullo escucho la tos de mi tío Felipe – “Gracias Miguel, mira que toda la familia te lo va a agradecer” y de nuevo otra tos. Miguel no parece incomodarse y simplemente, con la llave corre el cerrojo de la cerradura y se marcha para dejarle a mi tío la tarea desagradable de levantar la tapa.

Yo me levanto para dirigirme hacia el fondo del salón, mientras escucho a una de mis tías con voz en cuello, casi gritando con ésa voz típica de las viejecitas sordas, decirle a mi Hermana Alicia ¡ se nos adelantó tu hermano, siempre fue tan buen muchacho. Dios lo guarde en su gloria,...!, mientras le da unas palmadas en la rodilla como un gesto de apoyo y cariño. Cuando escucho esto, vuelvo la mirada para ver al difunto y siento un enorme sobresalto al constatar que ¡el difunto soy yo!

¬– Si tía, –le contesta Alicia, –dicen que ayer, al venir en la carretera, se quedó dormido.

Sentí que debía despertar, que debía llamarlos… pero ésas son de las cosas que nunca podré hacer nuevamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario